Editorial Esquizoide





El Doctor Chang, posicionado frente a sus monitores de vigilancia del Centro Psiquiátrico Hermanos Chang, mueve el control remoto de sus cámaras, hace zoom hasta encuadrar a dos internos que conversan sentados en un banco mientras miran el mundo pasar. Sintoniza el audio y sube el volumen.

Urriola: Mire, bro, allá van otra vez cuatro caracoles cargando a una vaca.
Santaella: Me perdona, estimado, pero esa vaca va sostenida sobre cuatro cangrejos, fíjese que va en retroceso.
Urriola: Pues entonces son cangrejos ermitaños, que son mitad cangrejo y mitad caracol.
Santaella: Ahora sí estamos de acuerdo.

Una enfermera guapísima embutida en su uniforme blanco interrumpe la charla, les hace tragar a cada uno el contenido de un vasito plástico con un coctel de antidepresivos, ansiolíticos, sedativos y dos aspirinas (por si acaso).

Santaella: Creo que me estoy enamorando de la enfermera.
Urriola: Yo también. Tendremos que batirnos a duelo por ella.
Santaella: De acuerdo, por favor desáteme la camisa de fuerza para poder ahorcarlo.
Urriola: En un minuto, necesito que antes usted me ayude a sacarme la mía y nos batimos como caballeros.
Santaella: Es infame esto de tener las manos atadas.
Urriola: Pidamos ayuda a un tercero.
Santaella: No acepto ayudas de terceros. Me gustan las ayudas de séptimos, vamos a escribirles un mail.
Urriola: Mi conexión falla desde que me confiscaron la computadora para que fuera evidencia de que estamos complotando contra el régimen.
Santaella: Utilice la conexión mental, bróder. Mándelo sin asunto ni texto y con copia oculta para todos.
Urriola: Ya está, me llegaron tres replays y un spam de Pfizer para comprar Viagra con 75% de descuento.
Santaella: Hágame un forward con un documento anexo en blanco. También de lo de Pfizer.
Urriola: Enviado ya, mire qué fino el chat mental, tiene camarita… ¿Qué le pasa, Santaella, le hicieron efecto las pastillas ya? Se quedó usted como colgado
Santaella: No, me estoy pasando el antivirus.
Urriola: Qué belleza, allá van otra vez los caracoles ermitaños con su vaca a cuestas.
Santaella: Esas son tortugas, Urriola, tortugas con una vaca sobre los caparazones, por eso es que la vaca se está resbalando.
Urriola: Todos mis contactos se ven en alta definición excepto usted que está fuera de foco.
Santaella: Espere que me pongo los anteojos. ¿Mejor, no?
Urriola: Son más bien galápagos gigantes de las Islas Galápagos, por eso es que la vaca se ve altísima por encima del cerco eléctrico.
Santaella: ¿Respondieron ya al mail?
Urriola: Sí, que los séptimos se apuntan. También contamos con la ayuda de dos octavos y un decimocuarto. ¿Qué coño significará esto de “Enlarge your penis, make her scream of pleasure”?
Santaella: Debe ser un colaborador foráneo. Acéptelo y mándeme el contacto para agregarlo a mis amigos del Facebook mental.
Urriola: ¿Qué nombre le ponemos al grupo?
Santaella: Amigos del Psiquiátrico Hermanos Chang
Urriola: Joder… cómo me gusta esa enfermera. Me vuelve loco.

Bienvenidos al Psiquiátrico de los hermanos Chang

Fedosy Santaella y José Urriola (internos)

Kinderfachabteilung

Humberto Valdivieso


Todos los tratamientos fueron prohibidos en el mes de septiembre. En diciembre cerró definitivamente. Guardé los tres documentos hallados en la RL0034 que adjunto a continuación:


1. Imagen La nave de los locos de Nelson Garrido. Hoja arrancada de una revista cultural. No identificamos la procedencia del artista, fue censurado.


2. Defense d’ afficher. Una transcripción censurada. Posiblemente algo escrito después de una sesión de terapia electro-convulsiva. Fue hurtado de los archivos del Dr…..


3. Don’t cry baby, don’t cry. Hoja suelta pegada junto al catre. Puede haber sido arrancada de los libros de la memoria del Dr…..


4. Abreacción. Archivo de video. Fue encontrado en una cinta hurtada del archivo del Dr…. un año antes. Sólo pudo rescatarse un fragmento.


JULIO DE 1954.




 
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Si no hay otra... consulta animal

Linterna Roja






Diario de Plaza Venezuela: enero, 2011, segunda semana. (Transversal Colón, diagonal a la Sinagoga).

Ricardo Ramírez Requena




 El peruano vive en la esquina del frente. No es un loco como cualquiera. Por lo menos así no lo reconoce la comunidad. Loco en regla el señor moreno, alto, gallardo, elegante que lee el mismo periódico de hace dos meses en la acera cerca de la Torre Polar. Locos la pareja, conocida como “perolito y escarlata”, que solo duermen medio empiernados en las escaleras de la misma Torre. Hay otros: un señor rubicundo que camina mal y vive en un pasillo entre edificio y edificio en nuestra calle; una niña que anda con recogelatas mayores; otros. El peruano lleva un tumbao distinto. Vive en el edificio de enfrente: tres pisos, haciendo esquina, cerca de la casa donde hacen todas las donuts que se venden en esta ciudad y al lado de la iglesia evangélica china. Su rostro parece desfigurado. Parece que siempre riera, como el Guasón. Una misma chemise blanca, un pantalón que varía poco, a veces una gorra. Nunca se le ve de día. Llega al alba acariciando sus perros, y el resto de los perros de la calle. Son varios: dos pequeños blancos, uno cacri por completo, un pequeño Golden Retriver, un pitbull hediondo cruzado con alguna otra raza. Ellos lo reciben como se recibe a un padre luego de un largo viaje. El los alimenta. Les pone una almohada vieja afuera del edificio para que duerman. Los abraza, los besa, los acaricia a todos por igual. Ellos se desviven por él. Lo lamen, lo mordisquean. Es San Francisco de Asis versión limeña. Un pequeño gato lo ronda, pero lo suyo son los perros. Un pastor alemán y un lobo siberiano lo desprecian; junto con ellos, un Gran Danés que aúlla permanentemente, pequeño cachorro que parece un caballo. Apenas tiene competencia. El vecino de mi mismo piso, 3, del edificio al frente del San Francisco limeño, tiene un perro también. Suele acariciar otros, de día, cuando no está nuestro peruano. Se relame de dicha, tanto como el peruano. Espera que se acueste el otro al llegar en la mañana y se hace dueño de los perros. A algunos los sube a su casa a darles de comer. Otros no tienen tanta dicha. Su compañero, un perro blanco inquieto, tamaño mediano, no sufre de celos. Acepta a sus compañeros, les brinda.

Los perros velan, ladran, rodean la calle día y noche. Juegan, se montan, rondan. Observan al que pasa y lo que pasa. Anoche mataron a alguien en la calle, en la calle de los locos. Los perros callaron. El asesino salió caminando, con la pistola en la mano, tranquilo. Le dio el tiro al otro por la espalda, desde la parte de atrás de la moto en donde iban. Así, bum, y chao. Se llevó el botín que había robado junto con su compinche, lo dejó frío en el suelo. Parece que no quería compartir. Parece que quería todo para el mismo. Un breve grito de “asesino” se escuchó segundos después. Y no hubo más voces.

Yo escuché el grito en la sala. Mi esposa me preguntó si estaba bien. Salió, nos vimos, no pasaba nada. Por la ventana del cuarto, con la luz apagada, me asomé: vi el cuerpo. No dejé que ella viera la escena hasta un tiempo después. Me asomé entonces por el balcón. Llegó alguien e hizo una llamada. Los vecinos se iban acercando, bajando de su casa. Nuestro carro parado cerca, muy cerca del muerto. Primero llegó un policía, luego varios. Hicieron balística, marcaron los cartuchos vacíos; luego más gente y con ella, mucho rato después, los forenses. Apenas entonces cubrieron el cadáver. Llegaron motos y policías en ellas, trancaron la calle. Ni un perro cerca, ni el loco. La imagen desde arriba era de foto: un círculo de vecinos alrededor del cadáver. Un eterno silencio. Ni un ladrido. Un largo río de sangre bajando por la calle.

Una hora después quizás, se llevaron el cuerpo. Quedaron los círculos de tiza en el piso, la sangre. Poco a poco fue cada quien regresando a su casa. Se despejó el asfalto. Solo el loco salió vociferando: ¡¡saquen sus tobos de agua, sáquenlos que hay que borrar la sangre del camino, la sangre de la calle, de la alfombra de mis perros, limpien la inmundicia de los hombres, vengan, vengan!! Nadie le prestó atención: el sacó sus tobos, los vació en el charco de sangre, hizo que la sangre corriera, cuidando de no borrar los círculos de tiza. Y se acabó todo.

En la mañana, la mancha del sangrero estaba seca; no todo se había borrado. Llegó el peruano con su trasnochada, besa a los perros, uno a uno, y entonces los coloca sobre los círculos de tiza que quedaron. Quería jugar con ellos, que se quedaran en sus círculos. No le hicieron caso, claro está. Se molestó. Golpeó a uno, a otro. Se fueron estos. Quedaron solo los dos pequeños blancos, y el pittbull. Este último tampoco hacía caso a su juego de quedarse en el círculo blanco y fue golpeado. Al segundo intento de golpe, lo mordió. Gritó, el peruano. El perro no se fue, lo retó con la mirada. Entonces le increpó: “te traje unas nubes, te limpié la alfombra anoche, y así me pagas.”

Se dio media vuelta, trastabillando, pateó la almohada del perro, y entró en la casa. Y así todos los días. No le da comida. Solo los dos blancos pequeños le siguen siendo fieles. Se le escucha murmurar que necesita más víctimas para sus círculos de tiza. Mira al Pitbull con avidez. Se relame. Hace consultas con los perros pequeños. Pactan. Sus últimas palabras al Pittbull fueron: “ahora, como castigo, no te enseñaré el juego de las nubes; solo lamerás el suelo, la alfombra, la sangre”.

El Pittbull, receloso, pasó la mañana observando y oliendo la sangre que dejó el cadáver. Desde mediodía no se le ve más por aquí.

Sueños de una noche invernal

José Urriola



Querida Angelina:

Gracias por tu carta, me hizo sentir mejor. No sabes las ganas brutales de suicidarme que tenía justo antes de recibirla, pero entonces apareciste después de tanto y me entraron ganitas de vivir. Un poco. Desde que te leí, empecé a salir por las mañanas a pasear por el jardín xerófilo y, cuando nadie mira, escojo un cactus para abrazarlo, me entrego a sus espinas, lo dejo que me muerda y luego lo llevo clavado en silencio todo el día hasta la hora de dormir. No sé si ya sabías que es política de este recinto -que son muy progres estos médicos, psiquiatría de vanguardia- que los internos que nos portamos bien y seguimos a pies juntillas el tratamiento podemos salir algunas tarde; siempre y cuando no nos alejemos mucho y regresemos antes de las 6. Yo suelo irme en mis tardes libres al jardín xerófilo, quizás porque me siento un poco cactus yo en este mundo, muy rara vez me animo a ir más allá. Cuando regreso a la habitación, por las noches, me desencajo las espinas sin que nadie me oiga y las voy poniendo en un frasquito que tengo escondido en la mesita de noche. Se siente tan bien que yo ni sé. Es como volver a hacerte el amor pero veinte veces y en pequeñito.

Me dices en tu carta que soñaste conmigo en la última noche del verano. Un sueño vívido a todo color, de esos que huelen y que se tocan. Y en ese sueño estábamos juntos en la última noche del verano, pero ya no había dolor y nos queríamos de nuevo de verdad.

Me comentas también (no entiendo por qué tanto detalle y tanta letra para eso) que has conocido a alguien, que estás rehaciendo tu vida, que la ilusión te ha vuelto y que tienes ganas de intentarlo otra vez. Que si las cosas siguen como van le dirás para mudarse juntos en la primavera. Y cierras con una frase que me hizo especial mella: “él me hace sentir bien… en todo, tú me entiendes”.

Cuando leí eso arrugué la carta y con el mismo movimiento calculé con mis manos el ancho exacto de tu cuello y también cuáles de las diez uñas te iba a clavar y en dónde. Pero te quise y te quiero demasiado, te voy a querer la vida entera (te guste o no) así que quédate tranquila que yo sería incapaz de hacerte mal. Eso sí, no respondí a tu carta, en principio porque no quería y luego porque tenía tantísimo qué decirte que el exceso de palabras e ideas me aturde y se me parece un montón a la mudez.

Durante muchos días estuve pensando en ti. En un ejercicio suicida, masoquista y doloroso estuve escudriñando en nuestro pasado para borrar lo malo (o maquillarlo para que no se viera tan feo) y para subirle el croma a lo bueno. Me fui quedando sólo con lo bonito; porque es bueno que sepas que tengo un amor tan generoso que basta y sobra para los dos. Me acordé flor a flor de tu vestido azul, te reconstruí diente por diente la sonrisa que tenías en el mirador aquella tarde mientras mirábamos al puerto y nos besábamos con toda la boca y toda la lengua y la gente miraba y yo desvergonzadamente te frotaba contra mí y tú te dejabas porque eres una chica malísima. Me relamí y tragué de nuevo el gusto a cerveza (la tuya sin alcohol) y volví a oler los camarones al ajillo de la cena (que para ti son gambas, quién sabe por qué). Nos volvimos a sentar en nuestro sillón de la entrada, fumamos Camels naturales (yo por ti volvería a fumar), comimos pan tostado untado con mermelada de tomate. Nos metimos mano de nuevo sin importar que la puerta estuviera abierta y nos mirara Juan al pasar por allí. Lo hicimos en el sillón, en las escaleras, en la cama. Nueve veces en un día, cinco el día que menos. Lo hicimos hasta que dolía y estaba tan irritado que no podíamos más. Y me acordé, perfectamente, te lo puedo dibujar con el dedo en el aire, lo redondita que se te pone la boca justo cuando te vas a ese sitio donde se va la gente que tiene un orgasmo de los buenos. Esa cara de muñequito hecho con retazos punta roma que sólo pones en esos momentos en que te despegas de esta tierra y ya no estás más.

Me acordé también del celeste de tu suéter y del beso volado que me lanzaste la última vez que nos vimos. Del llanto que vino después y de la tristeza sobrehumana que me entró por haberme ido no quise acordarme. Por decreto, eso no existe ni existió.

Te estuve soñando tanto despierto, a tiempo completo y durante tantos días, que al final te soñé dormido durante la última noche de invierno. Un sueño premonitorio en el que supe exactamente lo que tenía que hacer. Nunca sueño, Angelina, ya lo sabes. Desde que estoy aquí sólo duermo cuando me dan la píldora oscura, una pastillita negra que tiene encerrada toda la noche y la tristeza del mundo. Es un sueño químico que te obliga a ponerte en posición fetal, te apagas como si te hubieras muerto o como si te hubieran puesto la conciencia en pausa. Te acuestas con ganas de llorar y con las mismas ganas te despiertas diez horas más tarde. No hay manera de escapar de esa modorra química, el cuerpo se te queda preso en un sopor artificial y el único pensamiento que tienes, antes de volver a apagarte, es rezar para que esta vez sea definitivo y nunca más te despiertes.

Lo único que te saca del letargo de la pastilla oscura es la píldora amarilla. Una pastilla que encierra al sol entero y a todo el fuego del mundo. Te la dan por las mañanas y entonces comienzas a sentirte un poco mejor, un poco mejor, un poco mejor, hasta que llegas a un punto en que sientes que te pasas de la raya y te empiezas a sentir bien. Bien de verdad, ¿me entiendes? Bien como para jugar fútbol y meter goles desde la media cancha, bien como para salir a bailar, tan bien que crees que puedes meterte a un triatlón sin entrenar.

Desde que recibí tu carta no he vuelto a tomar pastillas. Ni oscuras ni diurnas. A negras y a amarillas las escondo debajo de la lengua y las encajo en un hueco natural que tengo entre las muelas y el cielo de la boca. Cuando los enfermeros se han ido, jurando que ya me tragué la medicina, las lanzo por la ventana para que caigan en el estanque de los peces. Esa es la razón por la que los peces se han estado comportando de manera tan extraña. Se mueren de la tristeza o de la alegría. Ver a los goldfish estallar de la euforia es un espectáculo hermoso, son como fuegos artificiales a escala que revientan sobre el agua oscura. Los que mueren de tristeza, en cambio, se van convirtiendo en otra especie de pez.

Pero eso no interesa, lo que interesa es lo que soñé en la última noche de invierno. Y esa es la razón por la que te escribo justo ahora, luego de tantos meses de silencio, antes de que entre en pleno la primavera. Encontrarás en la última hoja de esta carta un mapa, tienes que jugar (como cuando eras niña) a unir los puntos hasta que encuentres el tesoro. Donde está la X grandota, al final de recorrido, allí en ese punto tienes que cavar con una pala. Encontrarás la cabeza de tu amante, el mismo que “hacía todo bien”. No me preguntes por el resto del cuerpo, no te confesaré nunca qué hice con él. Pero si miras con atención te darás cuenta de que al unir todos los puntos se forma un mapa con la forma de tu cara. Tu cara de muñequito cuando te vas a ese lugar donde se va la gente cuando el orgasmo es mundial.

Volverás a soñarme, Angelina querida, la última noche del próximo verano. Y cuando abras los ojitos en otoño me encontrarás a tu lado, acostado sobre la misma cama. Lo volveremos a intentar y será hermoso. Romperemos el récord y llegaremos a diez. Ya te lo dije, tengo amor suficiente para los dos, de sobra. Te guste o no.

Besos y abrazos,
Yo.

Extracción de la piedra de locura

Susan Urich




Para Elena, en sentido curvo; y esencialmente para Alejandra.


"y evocas tu locura y hasta quisieras extraerla de ti 
como si fuese una piedra, a ella, tu solo privilegio..."

Alejandra Pizarnik.


La locura es una piedra de color indefinido que emite sonidos tubulares al impactar contra la superficie de la mente. A veces -y esto lo sé cuando se apagan las voces- la piedra se enquista en una grieta más larga que las líneas de mi mano. En esas gotas de silencio -la piedra inmovilizada entre ranuras- el tiempo lo dice todo y lo dice bien... acomoda cada cosa según su forma y función, milimétricamente, sin errores de naturaleza oscura que expongan el desequilibrio, ese temblor evidente que todos miran detrás de sus párpados con horror. En esos lapsos hay, para mí, un remanso de tierra líquida en el que mi cuerpo cabe con su mundo de árboles y raíces; una transfusión de luz que puede verse desde el cielo. Pero el tiempo es de agua y se escurre: la piedra muerde, rasga las paredes hasta quedar libre y en su rebote describe el lado inverso del mundo, el lado opuesto de la voz que convierte a los espejos en portales de metal líquido. Mal presagio, asomo el pie y el espejo se abre, cruzo como el que aparta las cortinas de un prostíbulo.

Estoy sentada y miro como si no existiera otro verbo, como si quisiera gastar los ojos de tanto hacerlos caer sobre las cosas, sobre la niña que al fondo del bosque hace nudos con un hilo de niebla. Desconozco la manera, el gesto preciso con que mi mano toma el vaso y lo lleva a mi boca. Otra se toma el agua por mí, otra se fuma el cigarrillo que ahora flota entre mis dedos, otra el humo, otra el viento. Perdura la sed, perdura la ansiedad. No hay espacio para mí en mi cuerpo, ni una grieta aislada me recibe. Soy, dentro de mí, una partícula condenada al exilio. Una vez más he cruzado el espejo y mirar atrás no servirá de nada, no acortará la raíz del miedo que oprime hasta vaciar los pulmones. Se endurecen las venas, me sé una estatua, rígida, portavelas de un cuervo que hiere a los transeúntes con la mirada. No es de noche, pero el alma de la noche anda sobre el día, le domina con su espectro de hembra enloquecida y dulce. Puedo matar al que me quite la noche y alegar que fué en defensa propia, que querían quitarme la vida al quitarme la noche; ¿pero quién puede quitarme lo que no me pertenece? Nadie. Y digo nadie con una voz que me pertenece menos que la noche angulosa, digo nadie y, como si sacara vidrios del estómago, pronuncio asombrada mi nombre desde el aullido que asciende y perfora la entraña del bosque.


Todo aquí es atemporal, los minutos giran sobre su propio eje... círculos, camino en círculos y está siempre la misma silla, la misma puerta que gime por el castigo del viento. No sé qué hay dentro, no quiero saber. Entrar sería cruzar el espejo del espejo, el silencio irrespirable que petrifica las voces. El tiempo que no puedo medir es el rostro de la fiebre, horada mis huesos de polvo comprimido, trazo líneas de aire con el dedo para contar los días que no suceden. Podría gritar, desde los ovarios gritar, pero el silencio cubriría los tímpanos con su manto de vapor triste, el silencio... ese que le impongo a mi boca desde los pies. Mido la oscuridad respecto a la luz que una vez tuve, la luz indómita: esa caja de madera que suena a bailarina girando como si tratara de asir el cielo. Pero qué cielo si aquí no hay cielo, ni tierra, ni infierno en el que arder por los siglos de los siglos. Lo que hay es peor que eso, algo que no tiene nombre ni rostro, algo que tiembla al fondo de la copa y refleja al animal primitivo con su último aliento de licor: la nada absoluta, la nada de nada.


El recuerdo de la luz empuja a la oscuridad, la hace retroceder y me empuja, pone una escoba tras la puerta y por fin me expulsa. Fuera de mí soy eso a lo que temo desde la luz. Fuera de mí soy la piedra que pateo hasta verle zanjar la enramada. Asisto al penoso aterrizaje de mi cuerpo en la hierba, los fragmentos estiran el brazo, con dolor los dedos, para encajar nuevamente. Miro mis manos de tul envejecido, mis manos pequeñas como arañas de loto, lloro por mis manos que no saben tejer escaleras, lloro por mí desde la sal de la lágrima, y así los siglos de un minuto... quedo seca: polvo sobre el polvo que aguarda la lluvia.

El experto en hablar solo

Roberto Echeto ®



En estos días me he dado cuenta de que tengo más amigos fuera que dentro. Si lo veo con ojos optimistas, diré que es una maravilla porque cuando viaje a ciertas ciudades del mundo, no tendré que gastar plata en hoteles. Si, por el contrario, veo el asunto desde el lado trágico, pensaré lo que pienso todos los días: que me hacen mucha falta mis panas; que estoy envejeciendo lejos de gente muy querida y que, poco a poco, me he ido convirtiendo en eso que dice el título de esta crónica.

Hablar por el chat de Gmail o dejar mensajitos en Facebook es cosa de locos, pero a veces no queda más remedio que aceptar que los panas adquirieron la cara de la pantalla de la computadora. Es eso o despedirse para siempre de esas personas con las que compartiste rones, trasnochos, cuentos y peligros.

Menos mal que la vida sigue su curso.

Voy solo en el carro, oigo a Lee Morgan, tarareo partes de su música y, de pronto, comienzo a hablar en voz alta sobre que a Lee Morgan lo mató su mujer en un bar. Me digo a mí mismo (con todo y pleonasmo) que esa dama estaba loca y que cómo es posible que esas cosas ocurran… De inmediato digo que ocurren todos los días, que cualquier persona, por inocente que parezca, puede volverse loco… En ese instante señalo a una jeva que cruza una esquina. La miro y sigo con mi monólogo a lo Molly Bloom.

Claro, el loco soy yo que voy en el carro hablando solo y reflexionando en vivo y directo sobre la música y sobre lo que veo a través de las ventanas. Ahí es donde me pregunto si uno hablaría solo si tuviera cerca a los panas o a alguien divertido con quién hablar. Seguramente no. Lo más probable es que el comentario sobre la loca que mató a Lee Morgan despierte una larga disertación sobre humo, jazz y mujeres celosas.

Lo malo de acostumbrarte a hablar solo es que comienzas a creer que el mundo es como te lo imaginas, lo cual es el primer paso para embrutecer sin remedio.

Los que hablamos solos tendemos a desarrollar una lógica propia que puede tornarse obsesiva. Quienes hayan recorrido el mundo a bordo de innumerables taxis, habrán notado que a muchos taxistas les encanta narrar el camino y hablar del hueco en el asfalto cuando ven el hueco en el asfalto o del perro abombado cuando ven al perro abombado en la cuneta. En otras palabras: a falta de una amena conversación con el pasajero, bueno es charlar con la carretera. Si eso no se acerca a un comportamiento extraño, digan ustedes a qué se acerca.

La ausencia de interlocutores puede ser terrible para un hombre.

Aquello que nos gusta, nos da vida y aquello que nos gusta vive en la medida en que lo conversamos con los carnales. Sin panas aquello que nos gusta se queda en nosotros, se pasma y hasta se vuelve en contra nuestra. ¿Cuántos no dirán, cuando me ven, que por ahí viene el loco que habla solo? Menos mal que no soy taxista.

De nada valen los lamentos. Los amigos que se fueron, se fueron y ya. Ojalá que les vaya bien y que nos ayuden a contradecir esa máxima lapidaria que dice que la amistad es más frágil que la vida.

Bueno, dejemos el tono elegíaco porque no se ha muerto nadie.

Las dos o tres veces que he cruzado océanos y me he quedado en las casas de mis amigos, he vivido la felicidad de poder andar sin zapatos, de pedir comida china y de tomar cerveza echado en sus sofás. He conocido a sus nuevos amigos, me he muerto de la risa discutiendo peperas, he disimulado una que otra lágrima y, en síntesis, he sido feliz porque en cada una de esas visitas, mis amigos y yo hemos renovado los votos del afecto y del cariño que son los que mantienen viva a la amistad a pesar de las distancias y de las fronteras.

Así deben ser las cosas. A los panas hay que cuidarlos del olvido.

Cuando no creíamos en nada, o de cómo descubrí que mis vecinos son fantasmas

Natasha Martínez



Estábamos en mi casa, cuando a C. se le ocurrió pedirle harina a los vecinos para disipar las dudas sobre su existencia y la razón por la cual juegan Jumanji en la madrugada y cantan karaoke; tratamos de detenerla pero antes de darnos cuenta ya estaba tocando el timbre mientras todos esperábamos inmóviles en las escaleras.

Escuchamos como se abría la puerta y vimos a C. improvisar su monólogo teatral al ver que, en efecto, mis vecinos no son fantasmas, sino que son bizarros. Esas cosas pasan.

C: ¿Aquí vive Amanda?
A. escuchaba todo, con la risa en la garganta mientras J. le tapaba la boca conteniendo el sonido con sus manos.
V: Sí, sí. ¿Estudias con ella, por casualidad? No te habíamos visto por aquí...

Al momento de escuchar estas palabras, todos soltamos una risa incontenible, ignorantes de lo que nos esperaba.

C: Eh... ¿Amanda Guzmán?
V: Sí, Amanda Guzmán. Amanda, ven... Te están buscando, tienes visitas.

Mientras C. volteaba y nos miraba desde arriba simulando la sonrisa, se sorprendió al ver en la puerta a una Amanda Guzmán que, ciertamente... Era igual a A.; C. ya no podía fingir más y explotó.

C: ¡Tienen que ver esto! ¡Es en serio, vengan!

Corrimos hacia la puerta y era cierto. Hasta el mínimo detalle era igual. A. miró su dedo (su marca de identidad única) y luego vio el de su presunta copia. Se horrorizó al notar que no habían diferencias. No había duda, el golpe de la imaginación fue un puño de realidad.

El pánico se apoderó de todos y corrimos escaleras a abajo, mientras mi mamá preguntaba en la puerta qué pasaba. Para el momento de escucharla ya estábamos demasiado lejos.

Cuando llegamos a planta baja, tuvimos que razonar y pensar claramente lo que había pasado... Si es que había pasado. A. no podía moverse y J. no dejaba de gritar lo increíble que era lo que había pasado. C. estaba narrándolo de nuevo para nosotros y yo veía desde abajo las luces apagadas en ese piso. Fue entonces cuando C. accedió a acompañarme nuevamente hacia arriba, teníamos que aclarar el asunto para la tranquilidad mental de nuestra amiga A. ¿Quién era esa Amanda Guzmán? ¿Cómo es que había vivido tanto tiempo cerca de nosotras y jamás la habíamos visto? ¿Cómo alguien podía tener una gemela idéntica con el mismo nombre y apellido?

Subimos por las escaleras, mientras reflexionábamos en qué decir y cómo explicarles nuestra necesidad de respuestas. Al llegar, ambas respiramos hondo y tocamos el timbre. Nadie contestó.

Tocamos nuevamente, sin contestación.

Otra vez... Lo mismo.

Llamamos a J. y a A. para que vinieran a ayudarnos. J. a su vez, llamó a mi cuñado y juntos tumbaron la puerta.

Adentro no había nada ni nadie, el apartamento estaba completamente vacío. Todos nos miramos incrédulos y buscábamos palabras de consuelo para A. que lloraba de la impotencia.

J. bajó las escaleras con decisión, todas pensamos que se había cansado y estaba listo para entrar a la casa de nuevo. Pero no, tocó el timbre de los vecinos de enfrente y nos miró desde la puerta en busca de solidaridad.

A, C y N: ¿Qué haces, estás loco?
J: Si nosotros no los conocíamos, capaz ellos sí. No sé ustedes, pero yo necesito saber qué pasa.

En ese momento, la puerta se abrió y una voz lejana gritó "Pase..."

J: ¿Vienen o no?

Mientras él entraba, las tres nos paramos y los seguimos. Me sorprendí mientras A. nos convencía de no dejarlo solo, a pesar de todo.

Cuando nos disponíamos a entrar la puerta se cerró de golpe en nuestras caras y mientras nosotras tocábamos a nuestro amigo y gritábamos su nombre, ocurrió algo que pudo silenciarnos para siempre, durmiendo toda necesidad por respuestas.

Desde la ranura de la puerta apareció un papel. Quedamos congeladas del miedo al ver una foto (que jamás nos habíamos tomado) de nosotros cuatro en una casa desconocida, sonriendo frenéticamente con los pulgares arriba. El pie de foto ponía: "Amanda, Celiani, Juan y Natasha, 27/2/10."

Nunca más volvimos a ver a J. después de eso.

C. aún pasa noches sin dormir mirando las luces apagadas de los vecinos (suyos, míos, cualquier vecino).

A. nunca habla de eso, pero tiembla al ver camiones de mudanza.

Ambas me visitan seguido, nunca nos despedimos con tristeza… ¿Por qué hacerlo? Como siempre les digo, los psiquiátricos son los únicos lugares realmente normales para gente como nosotros, gente que reduce sus obsesiones y las deja ser lo que son: pequeños tumores en el cerebro que se duermen con pastillas, pero jamás se reducen. Permanecen ahí. Vigilando… Inmutables.

La mujer sin cuello.

Gabriela Rosas



No quise lastimarte. Sé que sólo hablamos cinco minutos a la semana, me acerco a ti, lentamente para no perder la compostura. Siento haberte causado eso que llamas dolor, para mi eran juegos de niña. No puedo recostarme en las palabras y explicarte lo que dentro de mí habita. Segura estoy de que no lo entiendes y no te juzgo. Sólo puedo decir que me he sentido sola todos estos años, porque tú nunca fingiste, ni siquiera un segundo amarme. Debiste prever lo que eso me ocasionaría.

Quiero que me disculpes, por hacerle acupuntura a la foto de tu novio mientras dormías. Por contarle a todo el mundo que te gustan los vallenatos. Por cortar tu cabello por las noches y tejer telarañas para adornar las ventanas, hasta dejar claros en tu cuero cabelludo. Por haber insistido tanto en que enterraran a mi padre en el cementerio del Sur, y te hayan asaltado tantas veces.

Perdona por acabar el agua caliente, adelantar tu reloj despertador y arruinarte el sueño tantas veces. Disculpa las peleas antes de que salieras a tus citas, y todas las camisas nuevas que te rompí, los arañazos y la tristeza con la que te marchabas. Por quitarle el freno de mano a tu automóvil en aquella bajada, ponerle tabasco a tu pasta de diente y dientes de ajo a tus cremas hidratantes.

Sé que piensas que estoy algo loca, porque sabes que me gusta coleccionar cucarachas y pegarlas una al lado de la otra en las cortinas del baño. Las miro y pienso que así ha de ser el cielo. No es mi culpa que te gusten los perros y que hayas traído dos a casa; fui yo quien los envenenó.

Cuando te fuiste de casa debiste llevarte a la mujer sin cuello, si tanto la amabas.

Sé que estuvo a tu lado durante muchos años, pero yo la odiaba. Planeé mil formas de deshacerme de ella, enterrarla en una caja llena de agua, clavar alfileres en su cabeza, cortarle los brazos, como poco. Yo pensaba a diario en todo esto, mientras debía seguir viviendo bajo su mismo techo.

Ella me hizo la vida miserable. Me miraba como se mira al más débil, al que agoniza de sí mismo, al que teme. Siempre estaba allí para acostarme y para abrirme el día, con sus ojos de azul hospital, con las pupilas dilatadas, como endemoniada. Yo la evité cuanto pude, y no la eché de casa porque era tu preferida. Le temía, y lo sabías. Ella siempre llevaba un vestido verde, con la textura del tronco de un árbol, que no dejaba ver sus brazos, y sus manos siempre estaban ocultas; tenía zapatos cuadrados, como de anciana de película de terror, de esas que están locas y matan a todo el mundo; su cabello era como un cableado eléctrico sobre los hombros; un rostro blanco, como de yeso y no tenía cuello. Por eso la llamaba la mujer sin cuello. Yo no podía oscurecerme tranquila, me atemorizaba, y nunca dijiste nada. A ella sí la querías.

Espero me comprendas, era tan malvada. Sabía muchas cosas de la casa, secretos de tu cama y la de mi madre. Sabía dónde estaba cada cosa tuya, mía, nuestra. Cada sueño.

Lo confieso. Me harté, y decidí que desapareciera de mi vida. Mientras me dirigía a la cocina, flotaba, veía las paredes cerrándose a mi paso. Observé cientos de mariposas negras huyendo de casa y escuché voces que me animaban. Tomé el cuchillo más grande y filoso, y alguna cosa más. Me acerqué lentamente y, con ambas manos, clavé el cuchillo en su espalda. Con todas mis fuerzas. La rajé hasta la cintura, di vuelta en su estómago, le hice doce cortadas. Ella permaneció inmóvil y digna, mientras le arranqué la cabeza. Desprendí su cabello, como si fuera la concha de una papa, con un sacacorchos le saqué los ojos. Arranqué sus uñas y pestañas una a una. Le corté los zapatos con los pies adentro. Hice un rompecabezas de su pequeño ombligo. Sus orejas las coloqué en sus partes ya viejas por los años. Me sentí tan libre y dichosa.

Ahora podría vivir tranquila, mi casa volvería a tener secretos, y tú, quizás, podrías amarme. Querida hermana, debes aceptar que todo esto pudiste evitarlo, llevándola contigo o echándola fuera de casa. Aunque fuera tu muñeca preferida y la quisieras tanto.

Odio a las iguanas

Norberto José Olivar



A mi madre,
aunque no lo merezca


Odio a las iguanas. Me gusta irlas espachurrando, una a una, con el carro. Perseguirlas, acorralarlas y, finalmente, compactarlas al asfalto y dejarlas en el puro cuero. Pero no siempre fue así. Para justificar esta rara obsesión, confieso, con cierta vergüenza, que mi infancia transcurrió en una clínica siquiátrica, conocida como «La Ricardo Álvarez». Era el manicomio de los ricos, de los mantuanos, diríamos hoy. Estaba en las primeras cuadras de la avenida Bella Vista, dos edificios blancos de tres pisos, con un hermoso y amplio jardín en medio que servía de unión. Y muchos árboles, enormes, en los alrededores. Mi padre era el Jefe de Administración, y mi madre enfermera del edificio de mujeres. De modo que, a falta de niñera, me iba con ellos al trabajo y me soltaban en aquel inmenso vergel como si fuera el Central Park. Y por supuesto, acabé amigándome con muchos locos de los de «verdad». Había uno que corría descalzo por todas partes con un casco de moto, y yo me desarmaba el esqueleto tratando de alcanzarle en mi Harley Davidson Elektra de 500 cc o más. Recuerdo, también, una vieja llorona y piche a la que tenía un miedo atroz, me abrazaba y me llamaba por el nombre de su niño muerto. Mi madre, muy calmosa, me decía que le siguiera la corriente, «tranquilo, mi rey, que no te va a morder» aseguraba riendo. Otro se pasaba el día sentado bajo el sol pensando en conspiraciones insólitas, encamisado a la fuerza y repartiendo maldiciones a diestra y siniestra. En una silla de extensión, apartado, con las sienes calcinadas, estaba un hombre, grande, canoso, con la cara ladeada y babeando constantemente. Mantenía la mirada perdida y me parecía que se aburría todo el tiempo. Y así, sería imposible hablar de la variedad de locos que vi desfilar durante esos años. Pero un día —fatídico— llegó uno al que le dio por cazar iguanas. Me dijo que las iguanas cuando se las ve boqueando, es porque quieren absorber tu alma, son enviadas de satanás para espiarnos, «se te quedan mirando y si te muerden, sólo que dios haga tronar te sueltan, si no te dejan seco», decía cuchicheando, con miedo a que alguna de ellas pudiera oírle. Y una tarde, nublada y calurosa, me pidió que le siguiera al extremo norte del jardín para mostrarme algo. Fuimos tras los arbustos y quedé petrificado con tantas iguanas que había matado. Sin embargo, una —la más grande y monstruosa— estaba viva e inquieta. La tenía atada del cuello como a un perro, «esa tenéis que matarla vos», dijo con seriedad aterradora, y me dio una piedra para que le machacara la cabeza. Pero apenas pude acercarme. La iguana tenía los ojos rojos y lengüeteaba amenazante. Entonces saltó a morderme y a darme rabazos enfurecidos. Los gritos alertaron a mi madre y al resto de la enfermería de guardia. No recuerdo nada más. Según cuentan, me desmayé bajo las garras de aquel lagarto infernal.

«Todavía estabas muy chiquito cuando eso», dice ella, mi madre, muerta de risa, cada vez que lo recuerda y vuelve a contármelo.

El vuelo de la mantarraya

Cinzia Ricciuti



−Los animales me han estado hablando.

−¿Qué te han dicho?

−Lo primero, que apriete los pulmones y que vea cómo me las arreglo para respirar bajo el agua. Lo segundo, que salte, que nade, que goce, que salga, que vuelva a entrar, que vamos bien, que sí se puede, que ser cuerpo salva. Luego ya no hablaron, sólo me miraron y sonrieron desde sus piruetas en el cielo… ¿Les has observado los ojos a las mantarrayas? Son insólitos, parecen nuestros.

−Estás loca.

−Locura lúcida (Pirandello dixit).

nictalope*

Enrique Enriquez



1.
tu mente rota, tonta
muerte otramente

2.
la palabra locura contiene 77 palabras:
ocular cauro claro lauro corla coral calor lacro colar cular carlo lucro clora alcor rauco cural aculo orla arlo oral ruca cruo calo ocal rula arco roca cura crol orca loca loar cora rulo cual laro ralo caro laco lora curo urao urca culo rola cola croa ruco lua ora oca cal loa cor rua ola lar coa roa clo uro rao ruo alo car cao rol ruc col aro cu oc ar ro la al lo

la palabra cordura contiene 90 palabras:
curador cuadro ocurra curado currad curda curar cardo rucar cauro arruo cruda arduo ardor cruor carro rodar curad curro rucad curra raudo rauco crudo dorar croar racor rodra corra curdo croad durar dauco raro ador orca ardo dura orar cruo ruca ruco dora ruad croa duro caro cora roca coda roda curo orad urdo urda urca urao rudo cura ruda ruar arco doca coa ruc ora oca rua oda uro rao cor roa dua ruo duc dar rad car cao duo aro ado da do ro ar oc cu ad

la locura y la cordura están separadas por 134 palabras. la locura y la cordura están conectadas por 33 palabras

3.
la locura es una reacción creativa a un entorno frustrante
al locura es una reacción creativa a un entorno frustrante
al ocular es una reacción creativa a un entorno frustrante
al ocular se una reacción creativa a un entorno frustrante
al ocular se a un reacción creativa a un entorno frustrante
al ocular se a un rico acné creativa a un entorno frustrante
al ocular se a un rico acné catira ve a un entorno frustrante
al ocular se a un rico acné catira ve una entorno frustrante
al ocular se a un rico acné catira ve una no entro frustrante
al ocular se a un rico acné catira ve una no entro trufas tren






* la palabra nictálope contiene las siguientes letras: aceilnopt. Son las mismas letras que encontramos en la frase "le patina el coco".

Tres confesiones a mi doctora

Carlos Zerpa



PRIMERA
He estado de viaje por más de dos horas para poder llegar aquí y cumplir con mi cita, querida doctora. Yo ocupaba la parte delantera del vehículo en el que vine con otro pasajero y el chofer; en el asiento de atrás venían otros tres hombres, casi todos dormían o leían la prensa, o pensaban en quién sabe qué… El hombre que manejaba estaba separado de mí por uno que dormía, yo por mi parte he preferido ir en esta cabina dándole utilidad a las horas de viaje, es de suma importancia para mí no perder mi tiempo.

Al inicio venía contando las partes de la fragmentada línea que divide el canal derecho del canal izquierdo; luego perdí la cuenta cuando mi pensamiento se puso a lucubrar cosas en relación al largo y ancho de estos fragmentos, y la posibilidad de su igualdad por tamaño, color, forma y tiempo de ellos.

Pensar en esa línea fragmentada me hace bien, contar los espacios es como una oración, una experiencia mística, en la que he llegado a sumas impresionantes, en la que he contado hasta llegar a cifras que usted ni creería, ¿sabe? He descubierto que sé contar hasta unas cantidades que desconocía.

Me confieso además que muchas veces he hecho el mismo viaje, unas veces para sólo para contar las líneas y otras sólo para contar los espacios entre ellas.

SEGUNDA
Hoy he amanecido temprano, listo para emprender las labores del día, mi querida doctora. Es importante para mí el levantarme a eso de las 6 de la mañana; ya que cuando llega la noche me parece que he vivido más y que tengo más experiencias… claro que todo iría bien a no ser por mi tormento.

Quisiera explicárselo, pero no sé si lo entendería. Su causa la ignoro, aunque imagino que debe ser por algo que pasó cuando era niño, quizás superprotección.

El efecto, o más bien el resultado, son montones de cuadritos de papel de dos centímetros y medio por dos centímetros y medio, todos recortados por mí en estos días que he pasado en casa de mis padres; todos estos cuadritos han sido medidos por mi y recortados por mi… lo que siento, no sé si lo entendería, doctora, es que una vez recortados pierdo el interés en ellos, porque lo que realmente me interesa es la acción de recortarlos. Ahora ellos se amontonan alrededor de mí y me exigen un uso, sé que me reprochan el no darles una razón para su existencia, una razón de vida.

TERCERA
Me he quedado un rato mirando a un hombre que estaba en la calle junto a mí; él repetía su acto una y otra vez sin importarle quien lo mirase: trataba de quitarse de la cabeza algo que se le paraba encima, un sombrero, o un pájaro o unas manos, yo que sé. Él veía ese algo y lo sentía sobre su cabeza, doctora. Luego me recordé de un hombre al que vi hace muchos años en otra ciudad. Él estaba escribiendo en el piso, en la calle, en la acera con un pedazo de ladrillo, con una tiza, con la cáscara de un limón, o con un carbón, y hacía una suma interminable… 0+0+0+0 0+0+0+0+0+0+0+0+0+0+0…

También vi muchos escritos en el piso de otras ciudades, alertándonos de muchas cosas. Por medio de ellos fue que me enteré que en las iglesias estaban usando los rayos ultravioletas para alterar la voluntad de los hombres y hasta supe que un perro había mordido la mano de su propio amo, a causa de esos rayos; con el tiempo y caminando por esas mismas calles descubrí al autor de dichos escritos, conocí de vista al autor de esos “mensajes”… Ya viejo, y con una especie de carreta llena de perros, él se disponía con un pincel y pintura blanca a retocar sus pisados escritos… Esto fue en Milano, ciudad de Italia, mi querida doctora.

Yo también he dicho cosas y usted lo sabe, he tenido pensamientos magistrales y con el bolígrafo los he escrito en la suela de mis zapatos. Una vez recuerdo escribí en la suela de mi zapato izquierdo el nombre de un perro.

Yo también tenía un perro, doctora.

Taller de reparaciones mentales Psique y Soma 301009

Joaquín Ortega



FX repique de teléfono

MARIELA: (tipo secretaria, pero muy diligente) Aló, sí…buenas, Taller de reparaciones mentales Psique y Soma… la señora Soma is talking to you …

SEÑORA: (alterada) Buenos días, señor Soma… Creo que se me dañó el botón de “anulación retroactiva”…

MARIELA: ¡Ah! ¿Y se le salió del teclado o simplemente perdió el origen de su “retiro de la catéxis”?

SEÑORA: Más bien, creo que fue lo segundo. Porque yo fui a guardarle unas medias a mi marido en las gavetas, y como a mi me da “piqui” lavar, vuelvo a meter el jabón en polvo dentro de la caja, una vez que lo saco…

MARIELA: ¡Uhmmm! Yo lo que creo es que su neurosis obsesiva debe estar en el folder que dice “procedimiento mágico”.

SEÑORA: (casi llorando) Déjeme darle al comando “buscar”…

MARIELA: Ajá, déle que yo espero…

SEÑORA: ¡El perrito busca y busca y nada! Ay mire, ¡aquí está en un archivo “punto exe” que dice “ceremoniales obsesivos”!

MARIELA: Qué maravilla, lo que sí le voy a recomendar que es actualice sus “síntomas difásicos” con un puerto tipo memory stick que nos acaba de llegar…

SEÑORA: Excelente, mándemelo ya. ¿Cómo dijo que se llamaba?

MARIELA: Se llama “conflicto interpulsional punto wav”. Le viene con musiquita y todo.

SEÑORA: ¡Mándemelo ya! Que mi hija está por venir y no quisiera que las amiguitas me vieran echándome colorete con una concha de papa.

MARIELA: Como no, ya le mando al motorizado… Son 750 más IVA.

SEÑORA: ¡Ay mi niña, eres lo máximo. Eres un globo color Prozac! ¡Gracias millones!

MARIELA: A la orden mi doña…

SEÑORA: Doñita, porque todavía me dicen que tengo el pompis como Hilda Abrahamz. Saludos al señor Psique…

MARIELA: Ok. Él ahorita, está pa´ Carmelo´s pa´ peluquarse. Yo le doy sus saludos…

SEÑORA: Adieu, en francés…

MARIELA: Hasta la próxima y recuerde: “Taller de reparaciones mentales Psique y Soma…le cuidamos su aparato anímico, aunque entre en coma…”

Fx Cuelgan teléfono.

Corte.


Job23:58.

Cara de

Fedosy Santaella



Cara de Bukowski
cara de
Rimbaud y Lautréamont
de Sexton
de Carrigton
de Schreber.

Cara de opa, como en el crucigrama,
o cara de loco, y ya.

(Por cierto, ¿saben los locos armar crucigramas?)

Cara de reja, toda una reja,
de puerta, un portón,
una bóveda de banco
que sólo abre del otro lado.

Cara de portada de cómic,
dañada de fábrica, rareza de subasta,
que comprará Bill Gates algún día.

Cabello sobre la cara
el pie tantea las lozas del jardín,
Alicia sin agujero, boca disuelta en baba,
desde los cinco, dicen.

Karateca la cara de alzar la pierna
golpeando el aire con la cara de Hércules inhalada.
Enemigo de estas caras, el aire que nada lleva.

Cara de banquito
donde recibiste las caretas de tus padres,
y cara de biblioteca bajo llave,
con tifones en la cabellera
el dueño temporal de la puerta.
Es un artista, un poeta,
ellos tienen privilegios aquí.
Yo no, yo no soy poeta.

(Por cierto, ¿admite libros esta muda sordera?)

Pastillas de colores
sobre el mar bautismal,
un barco a la deriva que transporta ojeras,
ideas perdidas, brújalas de hojarasca,
mantos mortajas, la lluvia se quiebra,
y una cara de mujer jurado te pide un dibujo,
y tú dibujas.

(Por cierto, ¿sabrá leer el tarot esa linda cara rorscharch?)

Mírame,
mírame la nariz, si quieres,
tú que no te alojas aquí,
mírame que te tengo otra pregunta.

(Algo con espejos, algo así)

Ustedes saben, y los esconden.
Temen que estas caras se reproduzcan
en el útero del mercurio,
y que se queden allí, al acecho
de los demás.

Pero a este lugar
las caras vienen a reconocerse.
Algo buscan, algo descifran,
y finalmente sanan,
pero no como afuera se quiere,
o se requiere,
ellas sanan entre ellas mismas,
sonríen sanas
al reflejarse.

El pescador encapotado

José Javier Rojas



Batman se paró en el kioskito a comerse una empanada de cazón. Venía de pescar, y tenía mucha hambre porque había salido a faenar muy temprano. Desde que se retiró a vivir en Margarita, regularmente salía con los pescadores en su peñero negro y lo agarraba el amanecer cuando ya casi estaban de regreso en el muelle.

La vida de pescador artesanal le gustaba, era muy distinta a su vida como detective en Ciudad Gótica. En Margarita todo el mundo lo quería, no tenía enemigos, y lo más curioso, nadie creía que era Batman precisamente porque siempre estaba vestido de Batman.

Algunos le decían "El espía Salazar" y se partían de la risa, pero igual le daban con gusto un abrazo y le invitaban una cerveza helada mientras lo palmoteaban en la espalda. Batman estaba ya muy viejo, y se había ido a vivir a Porlamar por pura casualidad, mientras cumplía el último deseo del testamento de Alfred. Su mayordomo había tenido un hijo con una mujer de Juan Griego en unas vacaciones cuando estudiaba en Eton y Venezuela era entonces un país que prometía modernidad, progreso y seguridad a sus visitantes.

Resulta que el último deseo de Alfred era que esparcieran sus cenizas en el santuario de la Virgen del Valle. Uno podría especular acerca del porqué de tanta devoción de Batman para con su anciano mayordomo. Algunos conocedores aventuran que Alfred era su verdadero padre, pues era harto conocida su madre como una mujer de cascos muy ligeros, de hecho, toda una vampiresa del jet set, felina saltarina de cama en cama, protagonista de no pocos escándalos y estruendosos atajaperros de rompe y rasga con mujeres agraviadas por sus aventuras incesantes... (de ahí todo el rollo de la máscara y la capa, los chistes a sus costillas cuando párvulo, y el disfraz como evasión de su realidad como bastardo de la servidumbre y la abulia de su padre oficial, el cornudo, ante el descaro de su mujer insaciable... y siendo que Freud dice, palabras más palabras menos, que la culpa de toda demencia es siempre de mami, pues la gallinita dice Eureka y ya lo ven).

Lo cierto es que cuando Batman vio el sol del oriente venezolano, quedó prendado para siempre de esa tierra. Además, el hijo margariteño de Alfred era contemporáneo suyo y desde el día que se conocieron, lo recibió en su casa diciéndole "¡Primo!". Batman luego descubriría que tal trato no era para nada excepcional en aquellos lares, pero para entonces hacía rato que había quedado atrapado con su cálida hospitalidad.

Era un poco incómodo cargar puestos la capa y el antifaz en el solazo margariteño, pero a Batman le daba fastidio quitarse el disfraz. Sucede que cuando Batman se quitaba su máscara, los turistas, los navegaos y hasta los locales con cierto mundo se volvían locos y lo abrumaban pidiéndole autógrafos y queriendo sacarse fotos con él. Llegaban al extremo de ponerse impertinentes y hasta violentos si no los complacía, y no lo dejaban en paz hasta salirse con la de ellos. Batman estaba viejo y panzón. Era calvo y tenía el bigote ralo entrecano. Batman sin disfraz era igualito a Sean Connery.

-Mira, mamá. ahí está el actor de James Bond  -decía un mocoso cuyo paquete de TV por cable incluía TCM y MGM, y salía la tropa de caraqueños y maracuchos a caerle encima al pobre Batman. La vida es rara.